Adolescentes: El nombre del Padre
Adolescentes: El nombre del Padre
Por Sergio Sinay
Se dice, con demasiada frecuencia y ligereza, que los varones jóvenes de hoy han cambiado, que a diferencia de sus padres y de sus abuelos, expresan sus sentimientos, son más tiernos, se acercan de otra manera a la mujer. Es una creencia discutible, alimentada por adultos desorientados que necesitan tranquilizarse a sí mismos. Si los chicos "ya" son distintos los adultos pueden despreocuparse, dedicarse a sí mismos, sacarse de encima exigencias de la crianza. Los discursos sí se han flexibilizado y actualizado, y a veces resulta fácil confundir discursos con actitudes verdaderas.
Pero los muchachos de hoy no nacieron de repollos. Son hijos de padres y madres que, aun cuando los transformaron, recibieron mandatos tradicionalmente rígidos acerca de lo que debe ser un varón y una mujer. Los varones, sobre todo, siguen careciendo de modelos de expresión emocional por parte de sus progenitores del mismo sexo. Sus padres (aunque muchos ya se cuestionan y modifican conductas) continúan enredados -por presiones externas y por elecciones internas- en el cumplimiento de las "reglas de oro" de la masculinidad mal entendida: competir, producir, proveer, pelear, sostener, aguantar, callar, decidir.
Los varones en nuestra sociedad crecen todavía con "hambre de padre". Necesitan de un varón mayor que lo inicie y guíe no en el machismo sino en la masculinidad profunda.
Es decir, en el contacto con el propio mundo emocional y afectivo, con la propia sensibilidad e intuición. Sus padres no les enseñan porque tampoco ellos lo aprendieron. Y les resulta más fácil fijar reglas rígidas, autoritarias (reduciendo el papel paterno al de guardián del orden) o ausentarse (si no física, emocionalmente), reduciendo la crianza y la educación y guía a una cuestión únicamente materna y femenina (madres y maestras).
Los varones sufren más que las mujeres de esta "hambre". Las chicas cuentan por lo menos con la presencia materna, una guía del propio sexo (cuestionada o no, es otro tema). Los temores y las dudas, las incertidumbres y los cuestionamientos, las necesidades y la guía que los muchachos necesitan en los momentos tormentosos de la adolescencia, a menudo no tienen receptor ni acompañante. Sin modelo para expresar tantas emociones y sentimientos desconocidos, los chicos simplemente actúan "instintivamente", según lo que socialmente se acepta como "masculino". En su peor traducción eso es violencia y, muchas veces, autodestrucción. Esto no cambiará solo. Es un camino que padres e hijos deberemos recorrer para aprender juntos, aunque cosas diferentes. Pero los responsables debemos ser los padres. Presentes en cuerpo y alma.
Por Sergio Sinay
Se dice, con demasiada frecuencia y ligereza, que los varones jóvenes de hoy han cambiado, que a diferencia de sus padres y de sus abuelos, expresan sus sentimientos, son más tiernos, se acercan de otra manera a la mujer. Es una creencia discutible, alimentada por adultos desorientados que necesitan tranquilizarse a sí mismos. Si los chicos "ya" son distintos los adultos pueden despreocuparse, dedicarse a sí mismos, sacarse de encima exigencias de la crianza. Los discursos sí se han flexibilizado y actualizado, y a veces resulta fácil confundir discursos con actitudes verdaderas.
Pero los muchachos de hoy no nacieron de repollos. Son hijos de padres y madres que, aun cuando los transformaron, recibieron mandatos tradicionalmente rígidos acerca de lo que debe ser un varón y una mujer. Los varones, sobre todo, siguen careciendo de modelos de expresión emocional por parte de sus progenitores del mismo sexo. Sus padres (aunque muchos ya se cuestionan y modifican conductas) continúan enredados -por presiones externas y por elecciones internas- en el cumplimiento de las "reglas de oro" de la masculinidad mal entendida: competir, producir, proveer, pelear, sostener, aguantar, callar, decidir.
Los varones en nuestra sociedad crecen todavía con "hambre de padre". Necesitan de un varón mayor que lo inicie y guíe no en el machismo sino en la masculinidad profunda.
Es decir, en el contacto con el propio mundo emocional y afectivo, con la propia sensibilidad e intuición. Sus padres no les enseñan porque tampoco ellos lo aprendieron. Y les resulta más fácil fijar reglas rígidas, autoritarias (reduciendo el papel paterno al de guardián del orden) o ausentarse (si no física, emocionalmente), reduciendo la crianza y la educación y guía a una cuestión únicamente materna y femenina (madres y maestras).
Los varones sufren más que las mujeres de esta "hambre". Las chicas cuentan por lo menos con la presencia materna, una guía del propio sexo (cuestionada o no, es otro tema). Los temores y las dudas, las incertidumbres y los cuestionamientos, las necesidades y la guía que los muchachos necesitan en los momentos tormentosos de la adolescencia, a menudo no tienen receptor ni acompañante. Sin modelo para expresar tantas emociones y sentimientos desconocidos, los chicos simplemente actúan "instintivamente", según lo que socialmente se acepta como "masculino". En su peor traducción eso es violencia y, muchas veces, autodestrucción. Esto no cambiará solo. Es un camino que padres e hijos deberemos recorrer para aprender juntos, aunque cosas diferentes. Pero los responsables debemos ser los padres. Presentes en cuerpo y alma.
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